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lunes, 7 de octubre de 2013






El ordenanza de Mauthausen



El castigo que le aplicaron a Ramón en el campo de Mauthausen suena a capricho. Mientras cientos de personas se morían de hambre, se dejaban caer acurrucados por el frío, las enfermedades, la pena y las duras condiciones, a este toledano le ocurrió lo contrario. La gusa confundía el peligro de los que nada tenían que perder tras aquellos muros levantados para rentabilizar el exterminio y dejaba rastros demasiado evidentes. De vez en cuando, Ramón y algún deportado republicano más se acercaban a las cocinas del campo central, cerca de las cámaras de gas, para robar comida, pero estos fugaces atrevimientos los pagó caros. Los guardianes le sorprendieron un día y le obligaron a tragarse cinco kilos de mermelada como castigo. Sin duda, ninguno de los maltrechos y consumidos compañeros se hubiera puesto en su pellejo porque al toledano le faltó poco para morir de una indigestión. A partir de aquel momento, a Ramón Bargueño, el deportado número 3.183, le apodaron "Mermelada"...sigue leyendo






 5042. Esteban Pérez


Marta García/ La Tribuna de Toledo




El 5042 disimula una media sonrisa. Estrenaba rostro y hechuras después de seis meses de descanso, de paseos y de buenas comidas. Esteban desafió a la cámara posando con su pijama de rayas, la estampa del horror en los campos de concentración nazis. Quizá otro no se hubiera vuelto a calzar esas ropas después de haber sufrido tanto, pero este pequeño gesto le infundió ánimos para enfrentarse a la libertad, le enseñó a mirar el futuro con gallardía a pesar de que su memoria aún mantenía fresco su cuerpo huesudo, consumido por años de sufrimiento, esclavitud y hambre y una mirada clavada en la pérdida de muchos otros compañeros.

«La foto me la hice seis meses después de haber salido de uno de los campos de concentración de Mauthausen». La tiene colocada en el salón de su casa, en un pequeño pueblo francés cercano a Perpiñán. La considera su pequeño amuleto y la mira de vez en cuando para aferrarse a la vida. «Esa foto no me da miedo, al revés, me da ánimos», confiesa riéndose a sus 99 años. Se le escucha una voz juvenil al otro lado de la línea telefónica pese a su edad, pero apura la vejez con optimismo y se dice que es un hombre fuerte. Ha conservado su pijama de rayas como prueba de la batalla ganada a los nazis, que no lograron exterminar a un prisionero que se empeñó en vivir aunque le fallaban las fuerzas cada vez que algún alemán gritaba "Achtung", "Atención, firmes", para alertar de la llegada de algún mando de la SS, vestido con su pulcro uniforme de gala...sigue leyendo